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lunes, 3 de agosto de 2015

Io t'abbraccio


"El tema más frecuente en la ópera es el amor, que es cantado en todas sus formas: apasionado, romántico, filial, paternal, fraternal, amor a la patria, amor a la libertad. Pero lo sorprendente es que hay pocas óperas que traten del amor conyugal, cuya emoción parece no haber llegado a los compositores o libretistas con la misma fuerza con que lo hizo su equivalente ilícito. Cuando aquél está presente, parece que es sólo cuando el matrimonio va mal, véase Otello, Cavalleria rusticana y Jenûfa. Si se repasan los libretos en busca de algún ejemplo de un matrimonio feliz y fiel, éste se suele encontrar, con no poca frecuencia, en las óperas de Händel. Por ejemplo, encontramos a Cornelia, fiel hasta la muerte, aunque su marido Pompeyo ha muerto antes de que la ópera comience. Y a Rodelinda, también fiel a un esposo que ella cree muerto. De los grandes papeles que Händel preparó para sus sopranos, Rodelinda es sin duda alguna uno de los más gloriosos, repleto de arias de una belleza infinita. Su variedad emocional puede que no sea tan amplia como la de Alcina y Cleopatra, pero posee una gran profundidad, puesto que se mantiene fiel a la memoria de su marido –“come scoglio immoto resta”, como dice Fiordiligi en Cosi fan tutte, “inmóvil como una roca” – frente a las amenazas contra ella misma y contra la vida de su único hijo.

[...]

Para salvar la reputación de Rodelinda, Bertarido revela que él es su marido, pero ella, para proteger a su vez a éste, lo niega. Grimoaldo, sin interés por conocer la identidad del hombre, le condena a prisión y a una muerte segura. Lo que la pareja de enamorados cree sus últimos momentos juntos son los momentos finales de “Io t’abbraccio”, un dueto de despedida tan dulce y hermoso que el Dr. Burney, el formidable historiador de la música del siglo XVIII, realizó el siguiente comentario refiriéndose al mismo: “tiene que ser inmortal”. Lo es."




jueves, 25 de diciembre de 2014

For unto us a child is born

"The Mighty God, the Everlasting Father, the Prince of Peace..."

          "El último ensayo (de "El Mesías") estaba previsto para el 7 de abril de 1742. Sólo se permitió la entrada a unos pocos parientes de los cantantes del coro de las dos catedrales. Y para ahorrar, el espacio del Music Hall en Fishamble Street se había iluminado débilmente. Aislados y dispersos, se sentaban, allí una pareja, allá un grupo, en los últimos bancos para escuchar la nueva obra del maestro venido de Londres. Oscura y fría, la amplia sala estaba envuelta en tinieblas. Pero apenas los coros, cual resonantes cataratas, empezaron a rugir, sucedió algo extraordinario. Sin querer, los distintos grupos se aproximaron unos a otros y, poco a poco, formaron un único y oscuro bloque que escuchaba maravillado, pues a cada uno le parecía que el ímpetu de aquella música jamás oída era demasiado para él, como individuo, y como si tuvieran que flotar y arrastrarse lejos de sí mismos. Se aproximaron unos a otros, cada vez más cerca. Era como si quisieran escucharla con un único corazón, y como una única comunidad religiosa recibir el mensaje de esperanza que, formulado siempre de forma distinta, resonaba en aquellas voces enlazadas entre sí. Cada uno de ellos se sentía débil ante aquel primigenio vigor y, a la vez, dichosamente arrastrado y llevado por él. Un estremecimiento de placer los recorrió a todos, como si fueran un solo cuerpo. Cuando el "Aleluya" sonó por última vez, alguien se irguió repentinamente, y todos los demás, como de un tirón, se levantaron a un tiempo. Sentían que no podían quedarse pegados a la tierra..."

(La resurrección de Georg Friedrich Händel)