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sábado, 12 de diciembre de 2015

Vendetta. Nucci.


"Sì, vendetta, tremenda vendetta..."

"No estuve anoche en el estreno de Rigoletto –haberlo hecho hubiera puesto en peligro mi porvenir en este periódico, toda vez el espectáculo del Real coincidía con el superdebate y las correspondientes obligaciones-, pero sí me personé en el ensayo general del primer reparto (viernes) y del segundo (sábado), antecedentes premonitorios ambos del escándalo de ayer. 

Escándalo en sentido positivo. Escándalo por la escandalera que volvió a suscitarse cuando los espectadores exigieron a Leo Nucci (y a la soprano rusa Olga Peretyatko) repetir el dúo de “La vendetta”, exactamente como se lo exigieron al barítono italiano en la producción de 2009. 

Fue la primera vez que se vivía una situación así en la joven historia del coliseo madrileño. La segunda la protagonizó Javier Camarena en el columpio de los nueve do de pecho de La fille du régiment. Y la tercera le ha devuelto el cetro a Nucci. El cetro verdiano, la insólita envergadura vocal y musical de un artista que ha interpretado 500 veces Rigoletto –la cifra no es una exageración arbitraria, sino una estadística- y que ha cumplido 73 años sin atisbo de decadencia. 

Nucci ya había creado el viernes un estado de sugestión propiciatorio. Por su dimensión legendaria. Por sus dotes comunicadoras. Y por un hábil ejercicio de la demagogia que no contradice su imponente naturaleza artística. Había predispuesto un ambiente de “bis”. Sabía que se lo iban a pedir. Y se lo pidieron. Y lo concedió exhibiendo un agudo de tenor, “acuchillando” el paraíso del Real con un escalofrío. 

De Nucci emociona su trayectoria y su vigencia, pero los méritos de este escandaloso Rigoletto se demuestran bastante repartidos. Empezando por la tensión que el maestro Luisotti obtiene en el foso de las premoniciones, hasta el extremo de motivar a la orquesta –y al coro- en una prestación mayúscula. Estábamos en Madrid, como podríamos estar en Parma o en la Scala, de tanta energía verdiana que emanaba de las profundidades. 

La reputación de un gran teatro empieza por la orquesta. No por subordinar el papel de los cantantes y menos aún en el caso de Nucci, sino porque cualquier arquitectura operística requiere la calidad y la competencia de la sala de máquinas. Luisotti la hizo rendir a una altura impresionante –y al coro también-, consiguió extremar la teatralidad de la partitura, su delicadeza, su corpulencia, su afinidad al claroscuro verdiano. 

Y fue el contexto en que los solistas anónimos se convirtieron también ellos en cantantes. La voz noble y abaritonada del primer chelo, el sonido inmaculado, sensible, del oboe. El escándalo –otra vez- de los timbales en su fuerza telúrica y en su acepción patibularia. 

Patibularia como la propuesta escénica, oscura, desgarrada de David McVicar. La orgía pasoliniana de la escena introductoria –pasoliniana en la estética del "Decamerón" y de Los cuentos de Canterbury- predispone al hallazgo de un cadalso, a la tramoya de una escena entre cuyos maderos acaban ajusticiados Rigoletto y su hija en la impotencia de la “forza del destino”. 

Era Rigoletto la obra favorita de Verdi. Concedió a su protagonista, “mi viejo jorobado”, escribía Verdi, una mirada piadosa, condescendiente. Se reconoció en la fatalidad, en el desgarro, en la fragilidad. Y la convirtió en una ceremonia de iniciación a la que muchos aficionados debemos nuestra devoción operística. 

“Io sono Rigoletto”, dan ganas de proclamar. Y dan ganas de ir al Teatro Real todas las tardes. Para escuchar a Leo Nucci y la animalidad escénica de la Peretyatko. Para reconocerle a Luca Salsi -segundo reparto- los atributos de una actuación apabullante, en sus detalles, en su línea de canto, en su terribilità. Para conmoverse con la sensibilidad de Lisette Oropesa en su Gilda incorpórea. Y para compartir con el viejo jorobado la crucifixión de las maldiciones."










viernes, 4 de diciembre de 2015

Il balen del suo sorriso


"Il balen del suo sorriso d'una stella vince il raggio!"

"NUÑO: Y hoy la voy a perder para siempre, si no me ayuda tu arrojo. Yo debía haberla olvidado; pero mi corazón , y tal vez mi orgullo, se han resentido ya en extremo... Me es imposible no amarla. Cuando murió Manrique en el ataque de Velilla, creí que, resignándose con su suerte, se tendría por muy dichosa en dar la mano al conde de Luna, en llevar un apellido noble y brillante. Me engañé... Apenas podría creerlo: ha preferido encerrarse con su orgullo en un claustro. Hoy mismo debe profesar en el convento de Jerusalén..."



"El resplandor de su sonrisa 
vence el brillo de una estrella; 
el fulgor de su bello rostro 
nuevo valor infunde en mí... 
¡Ah! el amor, el amor donde ardo 
sepa hablarle en mi favor, 
disipe el sol de su mirada 
la tempestad de mi corazón."

Rolando Panerai:



Dmitri Hvorostovsky:




domingo, 27 de septiembre de 2015

Otello y Desdémona pre-celos: Già nella notte densa


"Un bacio... ancora un bacio..."

"... El dúo de amor que concluye el Acto I no tiene un exacto paralelismo en la tragedia. Su colocación en la ópera es esencial porque (aparte del valor musical que después le daría Verdi) asume la función de la parte del primer acto shakespeareano en que se revelan las razones del extraño matrimonio entre el Moro y la aristócrata, su original pureza y su esencia emocional. Su cometido, por tanto, es informativo en gran medida, de poner un poco en antecedentes al oyente. Es la primera escena de Desdémona en la ópera, Othello se nos aparece no ya como un general, sino como un hombre tierno y enamorado, incluso haciendo gala de un temperamento sensible. La relación amorosa queda clara y servirá de contraste al posterior desarrollo de la tragedia, que todavía no se adivina. La idea del dúo proviene del apunte de Othello del acto II, III, 242: "All's well now, sweeting; come away to be". Pero la mayor parte es del acto primero de Shakespeare, del discurso ante el consejo de Venecia. Acto I, III, 128.

El climax del fragmento está en los versos del acto I, III, 167-68:

OTELLO : E tu m'amavi per le mie sventure 
                 Ed io t'amavo per la tua pietà. 

OTHELLO: She lov'd me for the dangers I had pass'd. 
                  And I lov'd her that she did pity them. 

Las primeras palabras que pronuncia Desdémona las toma prestadas de la entrada de Otello al llegar a Chipre ("Mió superbo guerrier"), "o My fair warier" (Acto II, I, 182). Boito vuelve a esta escena con "If it were now to die" (Acto II, I, 191-200), acabando el acto con el "beso":

OTELLO: Tale è il gaudio dell'anima che temo,
                Temo que piu non mi sarà concesso
                Quest'attimo divino
                Nell'ignoto avvenir del mio destino.

OTHELLO: My soul hath her content so absolute,
                  that no another comfort, like to this
                  succeeds in unknown fate. "






domingo, 26 de julio de 2015

O patria mia


"Or che d'amore il sogno è dileguato, o patria mia, non ti vedrò mai più!"

"En una primera visión o audición, para un espectador novel, Aida es la ópera de la marcha triunfal, de la gran escenografía, de carros, caballos, camellos y hasta elefantes en escena, de danzas y coros espectaculares. Pero realmente no es sólo esa ópera que se contempla desde hace 100 años en las fastuosas producciones de la Arena de Verona.

Aida es realmente ese tercer acto, la luna en las orillas del Nilo, la añoranza descrita en "O cieli azzurri", "O patria mia, mai più ti rivedrò!", la oscuridad del desierto dibujado con la mayor de las intimidades, tímbricas y melódicas, el oboe, es esa noche húmeda en la que Aida, esperando al amado, le traiciona, es el increíble dúo con su padre, de una tensión dramática creciente hasta el insulto, el agudo de las flautas, es la esperanza de que Radames huya con ella hacia los verdes prados de su querida tierra, vuelve el oboe, hasta que el héroe y la esclava se dan cuenta de su fatal destino, inevitable como ese Nilo que fluye a sus espaldas..."

iOpera, Aida de Verdi







domingo, 19 de abril de 2015

D'amor sull'ali rosee

"Ma deh! Non dirgli improvvido le pene del mio cor"

"El acto IV de Il trovatore no tiene desperdicio, es perfecto, desde la primera hasta la última nota [...] En Il trovatore las melodías, al igual que en las dos óperas que junto con ella forman la denominada trilogía popular (Rigoletto y La Traviata) se suceden de forma inspiradísima, casi mágica, y es que en aquella época el compositor gozaba de un estado especial de gracia melódica, la música se separa en números cerrados que no están aislados sino interrelacionados musicalmente entre sí, a veces por contraste entre unos y otros (el Miserere y la cabaletta), pero otras veces ese contraste se difumina (el aria y el Miserere), y a veces también la sucesión melódica tiene lugar dentro del mismo número y sin solución de continuidad (como ocurre en la primera escena durante el dúo entre Leonora y el conde).

"D'amor sull'ali rosee" comienza con una breve introducción orquestal en la que predominan las maderas (clarinetes y oboes) y que nos sitúan en un ambiente nocturno y lúgubre, este ambiente musical es magníficamente descrito en las mismas palabras del recitativo previo al aria. Leonora, acompañada por Ruiz, amigo de Manrico, ha llegado junto a la torre en la que está prisionero éste y ella solicita que la deje sola, que no tenga miedo por ella, y entonces mira su sortija (la que luego veremos que contiene veneno) y exclama aquello de "¿Temor por mí? ...segura y a punto tengo mi defensa" ("¿Timor di me? ... sicura, presta è la mia difesa"), sigue diciendo "envuelta en el manto de esta oscura noche estoy cerca de ti, y tú no lo sabes. Brisa que gimes y giras en torno suyo, ten piedad y llévale mis suspiros" (In quest'oscura notte ravvolta, presso a te son io, e tu nol sai... Gemente aura che intorno spiri, deh, pietosa gli arreca i miei sospiri...). El aria viene a redundar en lo mismo, desea que sus suspiros de dolor lleguen al prisionero para reconfortarlo y darle esperanza pero Leonora no quiere que él conozca las penas que la afligen.

Musicalmente para la soprano es muy exigente, en el recitativo tiene que ser muy expresiva, tiene que transmitir su amargura, un punto de esperanza y a la vez los siniestros planes que guarda en secreto si todo sale mal (el anillo con veneno) y debe resultar muy musical, no es suficiente centrarse sólo en lo dramático, ya que en realidad este fragmento está a medio camino entre un arioso y un recitativo. En el aria, el canto tiene que ser ligadísimo, deben ejecutarse continuas regulaciones de intensidad, trinos, escalas descendentes, filados. Sólo una gran cantante puede salir airosa de esta difícil prueba. D'amor sull'ali rosse está llena de trampas para la soprano, la principal es de fiato, la respiración."


miércoles, 25 de marzo de 2015

Ah, più non ragiono!


"Dio! Loro perdonate!"

"Estamos ante la historia de una maldición. Vemos la tormenta acercarse, como ciega furia, antes del fin. Aunque Verdi no es, por cierto, un autor de lo sobrenatural, se puede decir que las maldiciones no son de este mundo: como tampoco lo es el inverosímil amor de Gilda... Pero me mantengo en el clima. La tempestad llega aquí importada del francés, del original dramático de Victor Hugo. Ya el asesino a sueldo Saltabadil del texto Le Roi s´amuse, de Hugo, la ve cubrir el cielo desde una ventana de Paris. Desde el acto Acto IV-Escena IV hasta el Acto V del poeta impera ese desorden metafórico del clima. Secuencia que condensa Piave, el libretista del exigente Verdi. Piave transplanta la acción a Mantua, y llama al criminal Sparafucile. La flauta y el flautín avanzan hasta, por ejemplo, un tronante terceto, etc. 

[...] "Los motivos musicales que caracterizan esa tormenta de Rigoletto se auguran ya en el recitativo en que Rigoletto y Sparafucile acuerdan el precio por el proyectado asesinato del Duca", explica Joan Grimalt. El fantasmal pasaje cromático a boca cerrada y el trémolo de percusión elevan la cuestión de lluvia y truenos más allá. Y el tema suave, grave, denso y dominante de las cuerdas, claro. La vendetta se podría explicar pero de aquí resulta de una entidad más bien abstracta, trágica. La maldición, que es la faz de un mundo misterioso. El tercer acto aporta un punto de irreversibilidad a la previa movilidad (que, famosamente, el duque atribuye a las mujeres pero que también lo caracteriza a él: mudadizo sexualmente voraz que esconde su identidad en los primeros contactos con Gilda). La crueldad, la saña está tanto en el aplastamiento de Rigoletto (quien en buena medida es moralmente incorregible) como en la fortuna cantarina del villano. Precisamente, aquel mentado arabesco de la premonición (flauta y flautín) presenta un pasaje dramático donde dos personajes secundarios Maddalena y Sparafucile discuten haciéndose cargo poco a poco de la fatalidad.

[...] Pero la tormenta, a diferencia del bosque, a diferencia de la caracterización de personajes, es acción pura. Pura revuelta sin forma: de ahí su poder de enlace. Como las maldiciones, la tormenta artística no pertenece a este mundo. Quizá Grimalt destaca esta capacidad globalizadora de la tormenta porque no caracteriza a nadie. No expresa un sentimiento individual, de un personaje en una concreta situación dramática, sino más bien un sentimiento general e indeterminable de la obra. Un "sentimiento de maldición", que, como tal, nunca se revela."

lunes, 16 de febrero de 2015

Coros verdianos



1) "Si ridesta in ciel l'aurora..." (La traviata, Verdi. Salzburgo, 2005)






2) "Vedi! Le fosche notturne spoglie..." (El trovador, Verdi. Metropolitan Opera, 2011)






3) "Schiudi inferno la bocca ed inghiotti..." (Macbeth, Verdi. Metropolitan Opera, 2014)




domingo, 8 de febrero de 2015

Una macchia è qui tuttora...


"Di sangue umano sa qui sempre..."


"(Entra Lady Macbeth con una vela encendida) 

Dama: ¡Miradla, aquí viene! Ése es su aspecto ordinario, y, por vida mía, que está dormida completamente. Observadla; aproximaos. 
Médico: ¿Cómo se ha procurado esa luz? 
Dama: La tenía a su lado; tiene siempre luz junto a sí; es orden suya. 
Médico: Ved, sus ojos están abiertos. 
Dama: Sí, pero cerrados a la sensación. 
Médico: ¿Qué es lo que hace ahora? ¡Ved cómo se frota las manos! 
Dama: Es un acto acostumbrado en ella hacer como que se lava las manos. La he visto continuarlo así un cuarto de hora. 
L. Macbeth: Todavía hay aquí una mancha... 
Médico: ¡Oíd! Habla. Voy a anotar todo lo que diga, para fijarlo mejor en mi memoria. 
L. Macbeth: ¡Fuera, mancha maldita!... ¡Fuera, digo!... Una, dos; vaya, llegó el instante de ponerlo por obra... ¡El infierno es sombrío!... ¡Qué vergüenza, dueño mío, qué vergüenza! ¿Un soldado y tener miedo?... ¡Qué importa que llegue a saberse, si nadie puede pedir cuenta de nuestro poder!... Pero ¡quién hubiera imaginado que había de tener aquel viejo tanta sangre!... 
Médico: ¿Advertís eso? 
L. Macbeth: ¡El thane de Fife tenía una esposa! Ahora, ¿dónde está?... ¡Cómo! ¿No he de poder ver limpias estas manos? ¡No más, dueño mío, acaba; todo lo echáis a perder con esos sobresaltos!... 
Médico: ¡Vaya, vaya! Sabéis lo que no debíais saber. 
Dama: Ella es quien ha hablado lo que no debía hablar; segura estoy de ello. El cielo sabrá lo que dice... 
L. Macbeth: ¡Siempre aquí el hedor de la sangre!... ¡Todas las esencias de la Arabia no desinfectarían esta pequeña mano mía!... ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!... 
Médico: ¡Qué suspiro!... El corazón está dolorosamente cargado... 
Dama: ¡No querría llevar un corazón semejante en mi pecho ni por todas las dignidades que pudiera tener el cuerpo! 
Médico: ¡Bien, bien, bien! 
Dama: Rogad a Dios que así sea, señor. 
Médico: ¡Esta enfermedad es superior a mi ciencia! Y, sin embargo, personas he conocido que se pasearon durante su sueño y murieron santamente en sus lechos. 
L. Macbeth: Lavaos vuestras manos; poneos vuestro vestido de noche; no estéis tan pálido... Os lo repito...; Banquo está enterrado, no puede salir de su tumba... 
Médico: ¿Es posible? 
L. Macbeth: ¡Al lecho, al lecho! Llaman a la puerta. Venid, venid, venid, venid. Dadme vuestra mano. ¡Lo hecho no se puede deshacer! ¡Al lecho! ¡Al lecho! 

(Sale Lady Macbeth) 

Médico: ¿Se irá ahora a la cama?
Dama: Directamente.
Médico: ¡Insensatos murmullos circulan! Actos contra naturaleza engendran desórdenes contra naturaleza. Las conciencias infectas confían sus secretos a las sordas almohadas. Más necesidad tiene de sacerdote que de médico... ¡Dios, Dios, perdonadnos a todos!... Velad sobre ella. Alejadla de todo objeto con que pueda causarse mal, y no le quitéis ojo de encima... Así, pues, buenas noches. Mi mente ha confundido, y asombrado mis ojos. Pienso, pero no me atrevo a hablar. 
Dama: Buenas noches, buen doctor. 

(Salen)"

William Shakespeare, "La tragedia de Macbeth"
(Traducción de Luis Astrana Marín, Ed. Aguilar)





"La expresión facial de Netrebko en esa asignatura de la ópera que es la escena del sonambulismo, donde Lady Macbeth trata en vano de limpiar la sangre imaginaria de sus manos, contó la historia tal vez incluso mejor que el propio libreto de Francesco Maria Piave"






domingo, 28 de diciembre de 2014

Va', pensiero...

"Oh, mia patria, sì bella e perduta!"

"Llevo más de 30 años en esta profesión y he vivido mi vida viajando extensamente por todo el mundo, y como italiano me avergüenzo de lo que está sucediendo en mi país. Así que acepto la solicitud de hacer Va', Pensiero de nuevo. Esto no es solo por la alegría patriótica que siento, sino porque esta noche, cuando yo dirigía el coro cantando: "Oh, mi país, hermoso y perdido", pensé que si continúa así, si no ayudamos a la cultura, verdaderamente nuestra patria será realmente "hermosa y perdida".
Me mantuve en silencio durante muchos años. Me gustaría ahora... debemos dar un sentido a esta canción, ya que estamos en nuestra casa, el teatro de la capital, y con un coro que canta muy bien, y se acompaña muy bien con la orquesta; si no os importa, les sugiero que se unan y que cantemos juntos..."

Discurso de Riccardo Muti, en 2011, en la Ópera de Roma, antes del bis de "Va', pensiero..."


(Desgraciadamente, este discurso se puede aplicar también a este país nuestro, con las salvajadas que está haciendo este Gobierno respecto a la cultura.)



lunes, 22 de diciembre de 2014

Addio del passato

"Non lagrima o fiore avrà la mia fossa..."

"Es otro de los grandes méritos de Alejandro Dumas, hijo: haber inspirado, gracias a su novela, una obra genial. La historia que el libretista de Verdi, Francesco Maria Piave, adaptó, no escamotea nada de las truculencias y retorcimientos sentimentales de La dama de las camelias; por el contrario, todo ese mundo excesivo está allí, e, incluso, exagerado y distorsionado hasta unos extremos en que el melodrama deja de serlo para convertirse en poesía, en una desalada y delirante historia que abandona toda pretensión de realismo y luce, ufana, su total excentricidad. Los lamentos, vituperios, llantos, las crisis y conflictos morales, gracias a la turbadora sinceridad de la música que Verdi concibió para ellos, llegan a los espectadores como incontrovertibles testimonios de los desgarramientos y la gloria del amor, de las jugarretas del azar, de la imprevisibilidad del destino y la miseria de la condición humana. La ficción se convierte en vida, la mentira en verdad. [...]

Dicen los viejos que oyeron a la Callas en este mismo escenario (Salzburgo) encarnando este papel, bajo la batuta de Von Karajan, que aquella maravilla fue también una desgracia, pues ya nunca más pudieron ver otra representación de la ópera de Verdi sin que el recuerdo de aquélla les corrompiera la nueva versión. Para mí, y creo que para muchos más, aquella fugaz y desmesurada heroína tendrá a partir de ahora la silueta y los rasgos y sobre todo la sonora presencia de Anna Netrebko. Y de nadie más."


Mario Vargas Llosa, "Camelias fragantes"